domingo, 19 de julio de 2015


¡Hola a todos! ¿Cuanto tiempo ehh? Supongo que muchos querréis matarme por desaparecer del mapa de este modo, pero estos dos últimos años mi vida a sufrido varios cambios y tiempo he tenido poco, poco. De todas formas os comunico que sigo trabajando en la segunda parte de mi serie: los guardias reales y una novela de romántica contemporánea. Y voy hacer todo lo posible porque este año las  tengáis entre vuestras manos, aunque sea una.
Mientras tanto quiero dejaros un pequeño relato que tenía escrito desde hace unos meses, pero de nuevo por falta de tiempo no había subido al blog cuando quería.
El relato trata sobre qué hubiera pasado si en mi viaje de hace unos dos años a San Petersburgo me hubiera encontrado con esos upyrs tan especiales para mí como son mis guardias reales. En esta pequeña experiencia imaginaria, podréis conocer un poco más a mis niños mimados y sobre todo a mí.
También os dejo con las pocas canciones que me ha acompañado al escribir por sí os apetece escucharlas.
Espero que os guste y sobre todo que lo disfrutéis, que al fin al cabo es de lo que se trata.
Un besazo enorme!!!!!!!!!!!!!


El Encuentro
               

17 de Septiembre del 2013. San Petersburgo.

Eran cerca de las diez de la mañana cuando, tanto mi marido como yo nos encaminábamos hacia la plaza de palacio. Habían pasado dos días desde que ambos llegamos a tierras rusas. Un cambio climatológico bastante brusco para ambos. Pues habíamos pasado de estar cerca de los veinticinco grados en el sur de España, a los trece grados en cuestión de unas cinco horas que duró el vuelo. Hacía un frío impresionante, además la humedad ambiental rondaba cerca de los noventa y cinco por ciento, por lo que el frió más se te calaba en los huesos. Si no llega a ser por las tremendas ganas que tenía de visitar este país, y sobre todo esta ciudad en concreto, éste cuerpo friolero en su vida se hubiera atrevido a cruzar la frontera de la federación rusa. Nunca.
La primera toma de contacto fue cómo me la imaginaba. Una ciudad con personalidad propia. Sus edificios, de imitación al barroco -pues la ciudad fue construida después de que este estilo pasara de moda-  de no más de cinco pisos de altura, y algunos incluso más bajos, se levantaban majestuosos a nuestro alrededor. Para mi marido no era una de las mejores vistas que esperaba encontrar. Él tiene gustos más exóticos que yo. Y si a parte tiene la oportunidad de practicar algún deporte de riesgo, mejor que mejor, aunque no suelo dejar que los haga. En cambio yo, llévame a una ciudad que no conozca de nada, dame un mapa y unos zapatos deportivos y soy la reina del mambo. Y eso fue lo que me pasó con San Petersburgo. Un idioma, una ciudad, unas costumbres completamente diferentes para los dos. Y lo disfruté como nunca, aunque hubieran vuelto a España sin saber ni papa de ruso, aparte de Niet, Da y Spasiva (No, sí y gracias)
Nuestro hotel estaba cerca de unos dos kilómetros del centro de la ciudad, en este caso de la Avenida Nevski, o Nevski Prospect, como queráis llamarlo, en la isla Vasileotrorskiy -a día de hoy el dichoso nombrecito aún no se me ha quedado en la cabeza-. Esta isla está separada del centro de San Petersburgo por el río Neva. Este río rodea tanto esta isla, como la famosa isla de la liebre o más conocida como Petrogrado dónde se encuentra la famosa fortaleza de San Pedro y San Pablo y demás islas. 
Salimos de nuestro hotel, yo más emocionada que Diego, mi marido, porque esa mañana nos tocaba la visita al Hermitage. Habíamos quedado con la guía en la plaza de palacio, junto a la columna de Alejandro a las diez de la mañana. En la agencia había pedido expresamente que en esa visita quería a la guía para mí sola, pues tenía toda la intención de inundarla a preguntas, y pobre de ella, porque así fue. Hubo un momento que llegó a preguntarme si de verdad eso era necesario para mis libros, cuando me vio dibujando en mi bloc de notas todo lo que me parecía interesante, realmente todo no lo era,  pero mi vena curiosa se activó y quería que mi mente recolectara la mayor información  posible.
 Cuando llegamos a la plaza de palacio, Anastasia aún no había llegado y nos dio tiempo a seguir admirando todo lo que estaba a nuestro alrededor, sobre todo yo. Toda la plaza es peatonal y su suelo está adoquinado. Ella ha sido escenario principal de unos de los acontecimientos más importantes a nivel mundial, como el Domingo Sangriento de 1905 y la Revolución de Octubre de 1917. En el centro se encuentra la columna de Alejandro, construida entre 1830 y 1834 y tiene una altura de cuarenta y siete metros y medio y pesa alrededor de unas 600 toneladas. Esta columna tiene una pequeña curiosidad, es que no está anclada al suelo, se mantiene bajo su mismo peso, así que un pequeño consejo, si vais a San Petersburgo, no poneros muy cerca de ella. Podéis admirarla  durante un rato, porque es una auténtica obra de arte pero cuando terminéis ¡salir corriendo!. Por un lado se encuentra el Estado Mayor de estilo Imperio y al otro el maravilloso Hermitage. Todos los edificios que componen uno de los museos más grande del mundo son de estilo neoclásico, menos, para mí el más impresionante, el Palacio de Invierno, que es de estilo barroco isabelino, blanco y verde pero que todo el monumento junto combinan a la perfección.
Después de unos minutos de recorrer la gran plaza, mirar a las diferentes parejas de recién casados, que tienen por costumbre hacerse las fotos de boda junto a los mayores monumentos de su ciudad, cualquier día de la semana. Y nosotros bombardeándonos a fotografías junto a “todo” llegó Anastasia y los tres nos incorporamos dentro de Palacio. En la entrada hay unas puerta de forja negra, alrededor de unos cinco metros de altura, creo, y con el emblema de la casa real y el águila bicéfala en lo alto, bañado en oro.  Esas puertas dan acceso a un pequeño parque rodeado por el edificio y de allí directamente a Palacio.
Tengo que reconocer que cuando pude al fin entrar, todos mis movimientos fueron como si fuera un autómata, dejar los abrigos en el guardarropa, pasar los detectores de metales, -sí, detectores de metales- pasando los bolsos por las cintas de rayos x -sí, no estoy de broma, tenía y tiene, tanta seguridad como un aeropuerto- y por supuesto el cacheo. Algo que tendría que haberme impresionado, pero después de pasar por el aeropuerto de Moscú y ver la seguridad que tiene y los videos por todo el aeropuerto tranquilizando al personal de que sus trabajadores están entrenados para la detección de supuestos terrorista y bombas, ya esto no era nada -y vuelvo a repetir. No, no estoy de broma- al final llegamos a la Escalera de los Embajadores o Escalinata de los embajadores, de estilo barroco. Toda la escalera es de mármol blanco aunque en un pasado fue de madera. Las paredes que rodean la escalera están llenas de espejos con forma de grandes ventanales, un efecto que hace creer a la gente que la sala es más grande de lo que parece a primera vista. Y el techo un fresco llamado, Dioses del Olimpo. ¡Una auténtica pasada! Es una de  las salas que más recuerdo y que más impresionada me dejó.
En ese momento, y por favor, no reíros de mí, fue cuando realmente fui consciente que estaba en San Petersburgo, y que  estaba subiendo esos escalones en dirección al resto de las salas del palacio y de los demás edificios que componen el museo. Me sentí feliz y emocionada. Desde que comencé a escribir MECTb y los Guardias Reales estaban en mi cabeza a todas horas, había deseado visitar esta ciudad, y en concreto el Palacio de Invierno y la Catedral del Salvador sobre la sangre derramada. Así que ahí estaba yo, una mujer de veintinueve años, con alma de niña pequeña y  su juguete nuevo. A punto de echar unas lagrimitas de la ilusión, pero me contuve. Estaba allí, y era momento de trabajar, además tenía a Anastasia para mí sola y no iba a desaprovechar esa oportunidad de escucharla atentamente, ya tendría tiempo de dar saltos y palmadas de felicidad, jejeje.  -cosa que hice, pero en  la intimidad de la habitación del hotel y a mi marido como único testigo, consiguiendo que pusiera los ojos en blanco, como siempre que me comporto como una cría- De la escalinata de los embajadores pasamos a la sala de los Mariscales de campo y a la sala de los escudos, pero la siguiente sala era la que más estaba esperando en mi recorrido “La sala de San Jorge o sala pequeña del trono” Quienes hayáis leído MECTb sabréis a qué sala me refiero. Y quienes no, pues ¡¡No sé a qué estáis esperando!! He de reconocer que mientras buscaba información de esta sala en especial, me costó mucho trabajo dar con la mayoría de información que necesitaba para poder describirla. No había casi nada. Así que cuando pude entrar me quedé anonadada. Era como si la estuviera viendo por primera vez. Las pocas fotos que pude recolectar no le hacían justicia a lo que mis ojos estaban viendo en ese momento. Hasta que vi al fondo de la sala, el trono del zar. Sentí la necesidad imperiosa de correr hacía allí, pasar la cuerda de seguridad de los escalones que subían hasta el asiento dorado y tapizado en rojo, y mirar tras la gran cortina con el águila bicéfala bordada en el centro. Aunque sé que mis Guardias Reales no existen, tan sólo en mi cabeza, quería comprobar si la puerta secreta que accede hasta el complejo de mis vampiritos pudiera estar allí. Miré el trono fijamente durante unos segundos,  pensando en los pros y contras de cometer esa sublevación contra las normas del museo. Por supuesto que me contuve, lo último que quería era meterme en líos con los rusos, y posiblemente que a Anastasia la despidieran del puesto de guía por mi culpa. Así que volví a centrar mi atención a las explicaciones de Ana. Pero algo que nunca hubiera imaginado ocurrió.
 Tras Diego había un hombre de unos dos metros de altura, rubio y con los ojos negros. Me miraba con una sonrisa de complicidad y en su mirada se podía leer un: ¡Hola, jefa! Me quedé parada en mi sitio. No podía ser. Ese hombre o mejor dicho, upyr, no podía estar allí en carne y hueso. Cerré los ojos, intentando tranquilizarme y recordarme que no me estaba volviendo más loca de lo que ya estaba. Al abrirlos de nuevo, ese ser aún estaba allí, pero estaba frunciendo el ceño y ahora su mirada me decía: ¿Qué estás haciendo? La frase que tanto me ha repetido Diego a lo largo de los años vino a mi mente con una fuerza brutal. “Tanto vampiro no puede ser bueno para tu salud mental” Y por primera vez en mi relación con él, tenía que reconocer que llevaba toda la razón del mundo, pero tampoco se lo iba a decir. Sabréis que en el momento que le dais la razón a un hombre estos se hinchan como pavos reales, y creo que lo último que necesita mi chico, es hincharse como un pavo real, creedme.
Me acerqué hasta aquel armario empotrado de unos cinco treinta kilos, con los ojos entrecerrados. Cuando estuve a escasos centímetros de él, sólo pude tocarle con un dedo en el antebrazo. Aún me costaba reconocer que estuviera allí realmente. Ahora me miraba con el cejo más fruncido. Estaba confuso ante mi reacción con él.
            — ¿Piensas en algún momento darme un abrazo, decirme hola, o hacer algo en vez de mirarme con esa cara de boba? —me preguntó el upyr.
            —¿Nikolai? —pregunté aún confusa.
            En ese momento levantó los brazos para bajarlos al segundo mientras mascullaba: ¡Al Fin!
 Me acerqué más a él.
            —¿Tú no puedes estar aquí? —dije en susurros.
            —¿Por qué no? —contestó, imitando mi voz.
            —Porqué tú no tendrías que estar, en carne y hueso delante de mí ¡Es lo racional!
            —Pues siento desilusionarte, jefa, pero estoy delante de ti… en carne y hueso. Tenía muchas ganas de conocerte.
            —Espera… entonces… ¿si tú estás aquí?¿los demás…?
            Con un dedo señaló bajo nuestros pies. Pero ¿de verdad mis guardias reales estaban allí?¿bajo nosotros estaba el complejo? ¡Guauuuu! Me sentí eufórica. Nikolai pudo leerlo en la expresión de mi cara pues dijo:
            —¿Te gustaría conocerlos?
            —¿A todos?
            —Sip, todos están abajo… incluido Viktor —dijo mientras movía las cejas de arriba a  abajo.
            —¿Por qué haces eso con las cejas?
            —¡Venga ya! No te hagas la inocente. Todos sabemos que el zar es tu favorito —me contestó, ¿ofendido?
            —¡Eso no es cierto! Todos sois especiales para mí. ¡Incluso los renegados!
            Una mueca de asco se dibujó en la bella cara del payaso de los guardianes.
            —Todos sois mis personajes, incluso los malos. Así que todos sois especiales.
            —Vale, no estoy de acuerdo contigo, pero lo dejaré pasar. Bueno ¿quieres conocer a la panda de muertos vivientes?
            Sólo pude mover la cabeza en señal de afirmación y con una gran sonrisa en mis labios, llena de ilusión.
            —Pues, ¡vamos! —dijo al mismo tiempo que movía la cabeza señalando la dirección contraria a donde estaba la puerta secreta de acceso al complejo.
            —Espera, tengo que avisar a Diego y Anastasia.
            —No, no puedes decirle nada. Sólo puedes venir tú.
            —Nikolai, no puedo irme sin decir nada. Diego se va preocupar mucho, además de echarme una buena bronca más tarde.
            —Lo siento, jefa, pero sabes que en el complejo no puede entrar cualquiera. Sólo tú. Además, míralos. Ella no para de hablar y tu marido haciendo que la escucha. Ni se van han enterar que te has ido, verás —me contestó muy convencido.
            Los miré fijamente, Anastasia le estaba explicando la similitud que tiene las molduras de escayola del techo con los dibujos del parquet del suelo  y porqué la sala de San Jorge era más fría que las demás salas del museo. En ese momento ambos nos miraron a Nikolai y a mí. Diego hizo una mueca con la cara mientras con la mirada me preguntaba quién era ése que estaba a mi lado. Sólo pude gesticulas con la boca: Es Nikolai, ¿Te lo puedes creer? Al ver que su cara no cambiaba ni un ápice, le hice un gesto con la mano para dejarlo tranquilo y asegurarle que más tarde se lo contaría. Después de eso. Ambos siguieron con lo que estaban haciendo.
            —¡Ahora! ¡Corre! —dijo Niko en mi oído.
            Sin pensarlo más eché a correr tras él. Dimos vuelta atrás hasta llegar hasta la escalinata de los embajadores y bajamos como si alguien nos persiguiera. No sabía a dónde iba pues la única puerta de acceso que conocía hasta el complejo era tras el trono del zar, a menos que…
            Llegamos hasta los detectores de metales y salimos hasta la plaza de palacio. Niko siguió caminado delante mí. Iba demasiado rápido para alguien sedentario como yo, aunque intenté mantener el ritmo. No podía dejar de pensar en las agujetas me visitarían al día siguiente, pero valía la pena.  Cuando por fin pude ponerme a su altura, le pregunté:
            —¿Dónde vamos? Se supone que la puerta está…
            —Vamos a acceder desde los garajes.
            Seguimos caminando rápidamente. Rodeamos el Palacio de Invierno hasta llegar al malecón de palacio. Desde allí entramos por un callejón que delimitaba el palacio con el Viejo Hermitage. En la entrada de este callejón había un militar dentro de una cabina, controlando el paso hasta el garaje del complejo. Cuando pasamos por su lado, saludó a Nikolai y a mí me miró con los ojos entrecerrados. No tenía ni idea quién era y qué estaba haciendo allí con el guardia real, pero a mí poco me importó.
 Al entrar al garaje me quedé parada, aún no me podía creer que estuviera allí. Miré a todo mí alrededor. Todos los vehículos de los guardias reales estaban allí. La Yamaha R1 de Kesha, el Q7 de Viktor, el Hummer de Nikolai, el Ford Mustang de Bruce y la Chopper de Takeshi. Y de nuevo la necesidad de dar saltitos y palmadas de felicidad se alojó en mi corazón. Pero debía comportarme, aunque la verdad, aparte de Diego, Nikolai sería otro testigo que no me importaría que me viera hacer la tonta. Seguro que se pondría a mi altura. De pronto le vi coger el teléfono y hacer una llamada ¿A quién llamaría ahora? me pregunté. Ambos nos paramos en seco. Yo seguí admirando los vehículos del garaje. No eran modelos excesivamente caros, pero estaban muy bien cuidados.   
            —Hola, ¿moy zar?… vengo con alguien que seguro que todos querrán conocer… no, mi señor, es alguien que seguro que hasta vos querrá ver… moy zar, conozco las normas y le puedo asegurar que no estoy infligiendo ninguna, otra vez… en el garaje… ¡ya sé que tengo mi apartamento para los ligues!...¡no lo pensé!... ¿qué?... ¡yo no tengo ningún problema con las mujeres!... moy zar… moy… ¡es S.D. Rice!¡nuestra creadora! —tapó el teléfono para mirarme —Lo he dejado callado, ¡al fin! —después de decirme eso siguió con la conversación con Viktor —Ajá… de acuerdo, moy zar, aquí le espero —colgó la llamada y se guardó el móvil en el bolsillo de su chaqueta de paño negra —Me ha dicho que le esperemos aquí. Menuda bronca. Al menos esta vez no ha hecho que temblara todo el mobiliario —más bien la última frase lo dijo más para él que para mí.
            Soy una persona curiosa por naturaleza, y ver la reacción de Viktor ante la llamada de Nikolai, no hizo otra cosa que los bichitos curiosos de mi cabeza me obligaran a preguntar.
            —Niko, ¿qué has hecho ahora?
            —Nada —contestó inocente. Por supuesto que no le creía. Algo tuvo que hacer para que Viktor reaccionara de ese modo.
            —¿Cuánto tiempo de retiro?
            Le pregunté aquello porque sabía que Viktor nunca sería capaz de echar del cuerpo a Nikolai Smirnov. Aunque ese guerrero rubio pusiera nervioso a cualquiera, y supiera que Viktor tiene una tranquilidad y una paciencia de hierro, Nikolai Alexandrovich Smirnov era capaz de hacer que hasta el propio zar upyr se tirara de los pelos de  desesperación por el simple hecho de que Niko esté aburrido.
            —Bah, un par de meses nada más.
            —¿Y cómo llevas el estar todo el día encerrado en el complejo?
            En ese momento me miró fijamente, cómo si yo fuera la única persona en la faz de la tierra capaz de entender su desesperación.
            —¡Aburrido! Lo único en lo que encuentro algo de paz es en dar el follón a las guías turísticas del Hermitage. No tienes ni idea de las ganas que tengo de salir de nuevo a la calle y patear los asquerosos culos de los renegados. Pero no se lo digas al jefe o  a la próxima sumará los meses.
            —Descuida, no pienso decirle nada a Viktor —le dije con una sonrisa en los labios. Niko era un caso perdido, pero era parte de su encanto.
            —Por cierto ¿cómo llevas nuestras historias?¿o tengo que recordarte que la mayoría de mis compañeros están cayendo como chiches y yo nada de nada?¿no tienes a ninguna preciosidad para mí en mente?
            Vaya, vaya. Ahora el curioso era él. Si pensaba que le iba a destripar parte de su historia las llevaba claras conmigo.
            —Algo hay —he dicho que no le iba a destripar nada, no que no me gustara hacerle sufrir un poquito.
            —¿Es hermosa?¿humana o upyr?
            Simplemente lo miré con una sonrisa traviesa en los labios. Si supiera lo que tengo preparado para él, se volvería loco y me suplicaría que cambiara de idea, seguro. Es más, sabría perfectamente cuál sería su frase: “Ah, no, no y no ¿estás loca?... ¿con ella?... ¡¿tú quieres que me rebanen el cuello?! O peor aún… ¡¿qué me castren?! No, no y no. Me niego. ¡Busca a otra!”
            —¿La conozco? —me preguntó esperanzado.
            —Antes que te dispares a hacerme más preguntas como un loco. Primero: sí, la conoces, pero no te voy a decir cuándo la conociste. Segundo: sí, es muy guapa y no pienso decirte a qué raza pertenece. Tercero: tú historia es de las que más claro he tenido desde un principio, pero necesito que seas el último. Cuarto: ¿Por qué?... No pienso decírtelo, monada.
            Bueno, creo que me puedo sumar a la corta lista de las personas que dejan a Nikolai con la boca abierta y sin nada que decir. Pues sí, puedo sentirme satisfecha conmigo misma.
Unos pasos al otro lado del corredor hizo que ambos miráramos hacía la puerta de hierro que daba paso al complejo ¿sería Viktor? Decir que estaba nerviosa de conocerle en persona era poco. Todos mis personajes tienen algo mío, pero Viktor es quién  más se parece a mí. En él es dónde más he puesto la semillita de mi propia personalidad. Quizás por eso, él es mi favorito, a aparte de Nikolai, claro -pero eso tiene que ser un secreto- y también porque en él cree a mi hombre ideal. No quería más machitos de pelo en pecho. Tan sólo un hombre corriente, dulce, tierno, pero al mismo tiempo poderoso, temible a quién se atreva a meterse con su mujer. Un hombre honorable y lleno de valores. En Viktor podemos encontrar todo lo que una mujer quiere en su vida real, no detrás de una novela ñoña.
 La puerta se abrió de golpe. Creo que en el fondo el zar esperaba encontrarse a Nikolai con su último ligue en vez de a mí.  Eso lo podía leer en su cara de sorpresa. Shasha se coló entre sus piernas y se dirigió a mí. Me agaché a recibirla con los brazos abiertos. Los canes son otra de mis debilidades, ¡y más Shasha!
            —Hola preciosa. Eres más bonita en vivo que en mi cabeza.
            Pude disfrutar del espeso pelaje negro azabache de la loba. Aunque Shasha fuera un lobo común europeo, su pelo era más grueso y largo que de cualquier lobo siberiano, algo muy extraño, y de unos ojos tan amarillos y brillantes que parecían que tuvieran luz propia. Y ¿qué puedo deciros? Tener a un ejemplar como Shasha entre los brazos, un depredador tan voraz como son los lobos y lamiéndote la cara es un alucine.
 Levanté la mirada hasta el upyr que me miraba con una sonrisa torcida. Estaba dejado caer en la puerta y con los brazos cruzados a la altura del pecho. Dejé a Shasha y me puse en pie. Imitando a todos los upyr, puse mi mano en el pecho y me incliné levemente mientras decía: Moy zar. Porque sea mi personaje, no quiere decir que no le deba un respeto. Viktor descruzó los brazos y se dirigió hacia mí para darme un fuerte abrazo.
            —Bienvenida a mi hogar —me dijo con amabilidad —Espero que el cabeza de alcornoque no te haya molestado mucho.
            —Jajaja, no, tranquilo moy zar. Siempre me ha gustado hablar con Niko —dije mirando esos ojos azules capaces de quitar el sentido. Ya os he dicho que creé a mi hombre ideal.
            —Me alegro. Por cierto, no tienes que llamarme moy zar. Tú no —con las dos últimas palabras miró a Nikolai significativamente ¿qué habrá pasado? —Nikolai, bájate de la moto de Kesha. Sabes que no le gusta.
            —¡Que se joda Kesha!
            —¡Nikolai! —contestó Viktor en modo de advertencia.
            El zar frunció el ceño y suspiró profundamente. Puse una mano sobre su antebrazo dándole fuerzas. Sabía que con ese sólo gesto, lo que mi cabeza quería decirle: Es el Gran Nikolai Smirnov, ya está todo perdido para con él. Bajó su cara a mi oído para susurrarme:
            —A veces no sé cómo mi esposa lo adora tanto.
            —Porque soy el puto amo. Todas las células de mi cuerpo son el encanto personificado —contestó Niko, mientras se levantaba de la Yamaha R1.
            De mis labios se escapó una carcajada. Siempre me hacía sonreír.
            —Por favor, no le des más vuelos tú también. Bastante tiene con mi esposa, las demás hembras del complejo y lo que peor llevo… mi niña. A mi pequeña Olga la tiene conquistada por completo. Y porque tiene menos de cuatro años sino ya le hubiera prohibido que se acercara a ella a menos de dos metros.
            —Moy zar, me ofende —dijo Nikolai detrás de mí.
            En ese momento, Viktor volvió a echarle una mirada cargada de advertencia. Suspiró profundamente de nuevo y sus ojos volvieron a dirigirse hacia mí.
            —Vamos a mi despacho, estoy seguro que los demás estarán deseando conocerte.
                Viktor puso una mano bajo mi espalda, y me instó a que lo siguiera. Los tres nos adentramos en un largo pasillo de hormigón. Las luces blancas del techo destellaban a  cada segundo y por todo el corredor reinaba la serenidad y el silencio. Al llegar a una gran puerta de acero, vi como el zar pasaba una tarjeta por la rendija de la caja de códigos y marcaba los números que nos permitía el acceso a los aposentos de los guardias reales. Todo era diferente a lo que dejamos atrás. Los suelos estaban cubiertos de un parquet cálido y brillante. Los zócalos de madera, del mismo tono que el parquet cubría la mitad de la pared y un papel pintado ocre seguía con el recorrido ¿qué puedo decir? todo en la realidad es mejor que en la imaginación. En el ambiente se respiraba a un auténtico hogar. Seguí admirando todo a mí alrededor que no me di cuenta que Viktor me esperaba en medio del pasillo junto a Shasa y que Nikolai estaba justo a mi lado con una sonrisa ladina.
            —Bienvenida a la guarida de los Guardias Reales —esa frase susurrada a mi odio por Nikolai me hizo sonreír más aún. Le miré directamente a los ojos. No podía disimular que me sentía como en una nube —Si quieres puedo pellizcarte yo, así compruebas que es real… sólo te dolerá un poquito.
            —¡Niko!¡Ya basta!
            Vi venir a Viktor hacia nosotros. Apartó al guerrero rubio de mí con una mirada venenosa y con una mano bajo mi espalda me dirigió de camino a su despacho justo a su lado. De pronto sentí la necesidad de hacer algo. Miré por encima de mi hombro y cuando estuve segura que Nikolai me miraba curioso, le guiñé un ojo. De nuevo esa sonrisa deslumbrante que solo él era dueño, apareció en su rostro.
            —Otra que ha caído en mis redes. ¡Soy la ostia! —escuché  tras de mí. Miré a Viktor curiosa y lo pillé poniendo los ojos en blanco.
            —S.D. ¿me harías un favor en las próximas publicaciones? —me preguntó el zar muy serio.
            —Por supuesto, Viktor, lo que quieras.
            —¿Podrías hacer que le pateen el culo?  —me dijo, señalando con la cabeza a Nikolai —Pero, muy duro. A ver si de ese modo la vena narcisista y esa mala costumbre de no callarse ni debajo del agua se le va de una puñetera vez.
            —Que majo estas hoy moy zar —susurró Niko con ironía,  pero tanto Viktor como yo le escuchamos.
            Un alto en el camino me comunicó que ya habíamos llegado frente a la puerta de doble hoja del despacho de Viktor. El zar la abrió y me indicó con la mano libre que fuera la primera en entrar.  Cuando pasé a por su lado me susurró:
            —Por favor, recuerda mi petición.
            —Viktor, sabes que no tengo problema en hacerlo, pero también sabes que al final de la noche, él ha pateado más culos que nadie.
            —Lo sé… por desgracia, lo sé.
            Acabada la pequeña conversación me adentré en el despacho del hombre más temido de la raza upyr. Su gente no le tenía miedo por su personalidad, no. Ya conoceréis a Viktor y sabréis que es un hombre dulce, tierno, justo y que la arrogancia fue  olvidada por sus padres el día que lo concibieron: Viktor es temido, no  por lo que hace, sino por lo que es capaz de hacer. Su sangre real le proporciona unos ciertos dones que solo los zares upyr tienen en sus células. Como la telequinesia, control mental, manipulación de la memoria y el que más suele utilizar cuando está muy enfadado, es infringir dolor mediante la mente, incluso descuartizar a una persona con sólo desearlo. Esa es la razón por lo que los sangre reales han sido temido desde lo largo de los tiempos, incluso a llegar a casi distinguirse por culpa de parte de su raza. Pero gracias a la personalidad justa del zar, esa clase de dones no suele ponerlos en práctica. En ningún momento ha sido un tirano. Es más, una de sus frases favoritas es: El respeto no se crea a base de dolor y sufrimiento, hay que ganárselo a pulso.
            La estancia que se abría ante mis ojos era cálida. Decorada al estilo actual pero con pequeños detalles que te comunicaba quién era el poseedor del lugar. El mismo parquet que el pasillo, vestía toda la totalidad del suelo al igual que las paredes seguían una igualdad al corredor. Una gran librería cubría casi una pared al completo. Al otro lado, una gran chimenea de piedra daba calidez a toda la estancia. Y justo al lado, el sofá Chelsea chocolateado que tanto le gustaba a Bruce. Cuando estuve en el centro, detrás de mi entró Viktor, Shasa y Nikolai. El zar se dirigió su gran mesa victoriana, que se encontraba en el centro, y se puso a marcar un número de tres dígitos. Todos ahí estábamos en silencio, por lo que pude escuchar a Viktor decir a través el auricular: ¡Todos a mi despacho! ¡Ya! Cuando colgó se dio la vuelta, se acercó de nuevo a mí y me llevó hasta el sofá para que me pusiera cómoda. Nikolai se sentó justo a mi lado y Shasa entre las piernas de éste. Hasta las hembras canes adoraban a ese galán despreocupado y con una vena demasiado chistosa para muchos.
Viktor  acercó una silla hasta nosotros y se sentó frente a mí. Millones de preguntas le cruzaban por la cabeza, es mi personaje y le conozco bastante bien.  Pero yo fui la primera en romper el hielo.
—¿Qué tal Miranda y los niños?
Una sonrisa deslumbrante cruzó su bello rostro.
—¡Genial! Edyk está hecho todo un hombrecito y Olga es una belleza. Y Miranda esta igual de guapa que el día que la conocí tras el Coliseum.
—Y con una mala leche a carros —dijo Nikolai a mi lado.
Miré fijamente a Niko. Y de nuevo la curiosidad se activó. ¿Qué habrás hecho ahora Nikolai? me pregunté. Aunque no pude aguantar más y la frase salió de mis labios.
—¿Qué ha pasado? —dije mirando al zar. Estaba segura que él me contestaría.
El rostro de Viktor se ensombreció. Y una sonrisa perversa cruzó sus labios.
—Sí, Niko ¿por qué no le cuentas a quién te trajiste al complejo hace dos semanas? —contestó con los labios apretados.
Conociendo a Nikolai, el don Juan de los guardias reales, seguro que sería una mujer, pero si fue así, habría infringido una de las reglas de oro de Viktor. Las hembras eran el talón de Aquiles de Nikolai ¡las adoraba! y ellas caían rendidas a sus pies con una facilidad impresionante, creando que éste se aburriera de ellas con demasiada facilidad. Era un rasgo de su personalidad que se hacía demasiado palpable en quién lo conocía. Miranda era la única que había captado un trocito de su corazón y porque ella tan sólo era su mejor amiga y esposa de su zar.
—Nuestro querido Nikolai trajo a una humana al complejo.
No pude evitar poner los ojos en blanco pues algo en mí sabía aquello.
—Venga ya, moy zar. Un calentón lo tiene cualquiera —intentó explicarse. Pero Viktor seguía sin estar muy satisfecho con su excusa.
—Nikolai, me da igual a quién te folles, pero dentro de estas cuatro paredes, ¡No! —en ese momento Viktor me miró a mí —Fui al garaje con Edyk a recoger algo que olvidé en el coche ¿y adivina a quién me encontré desnudo encima de la Yamaha de Kesha con una hembra? ¡a nuestro Casanova! mi hijo aún me pregunta que por qué aquella mujer le decía a Niko: Oh sí, sigue, sigue. No pares.
Me tapé la boca para no soltar una carcajada. No quería que Viktor se sintiera más ofendido de lo que estaba ya. Y seguro que me echaría una mirada desaprobatoria a mí también. Ya tenía bastante con lidiar con Nikolai día tras día. Un pequeño detalle que antes me pasó desapercibido llegó a mi mente.
—¿Kesha sabe que utilizas su moto para tus juegos? —miré a Nikolai y no me sorprendió que se le cambiara la cara. En ese momento, miró a Viktor con una súplica dibujada en sus ojos.
—Por favor, moy zar. No le digas nada a ese loco. Es capaz de cortarme el cuello mientras duermo y sin arrepentimiento.
Viktor levantó una ceja y su mirada lo delataba. Estaba segura de la frase que pasaba  por su mente: ¡No me tientes! Nikolai se levantó del sofá Chelsea como si estuviera cubierto de chiches, haciendo que Shasa también se pusiera en pie. Y con paso decidido se dirigió hacia la salida del despacho, con la loba pisándole  los talones.
—Voy a ver por qué tardan tanto los demás —nos informó antes de cerrar la puerta de acceso  a la estancia.
Después de aquello se palpaba el silencio. Ese guerrero creaba en el ambiente ruido aunque no hubieran ningún sonido, pues las personas que estaban a su alrededor se encontraban en tensión porque no sabían por dónde te iba a salir en ese momento.
Viktor y yo nos encontramos solos y una sonrisa amigable apareció en los rostros de ambos.
—Tienes que tener paciencia con él —le dije intentando calmarlo.
Conociendo a Viktor sabía que la última trastada de Nikolai estaba casi rozando la paciencia de hierro del zar, aunque puedo deciros que las ha habido peores. Pero esas las descubriréis más tarde.
—¿Más? de verdad, algunas veces lo mataría, pero… —se quedó callado por un momento —Si no fuera porque es él, hace mucho tiempo que el castigo hubiera sido más duro que los que le estoy aplicando desde que estoy en mi puesto de zar, pero…
Apoyé mi mano sobre la rodilla que tenía más cerca de mí. No necesitaba que siguiera hablando. Sabía perfectamente  qué era lo que quería decirme. Viktor se quedó “huérfano” - supongo que a estas alturas ya sabréis el pequeño secreto de Bruce- a los cinco años y desde entonces ha tenido que aprender cómo ser un buen upyr, un buen zar, un buen líder… siempre de la mano de un grupo de machos upyr que le han reñido y felicitado en su momento. Nikolai era uno de los que más tiempo pasaba en compañía de Viktor cuando era pequeño, y por una parte comprendo al zar ¿Vosotros seriáis capaces de castigar con severidad a vuestro “padres”? Pues Viktor, no.  
—Lo sé. Esos guerreros no sólo son guardianes para ti. Son…
—Mi familia —terminó la frase por mí.
—Y sabes que Nikolai es inconsciente, infantil la mayoría del tiempo, pero… te adora y nunca sería capaz de poneros a todos en peligro. Y sabes tan bien como yo que, de todos los guardianes que viven bajo este techo, ese cabeza de chorlito es el más leal.
—Lo sé —me contestó Viktor con una mueca de agradecimiento en su rostro.
De pronto unas voces masculinas se escuchaban desde el corredor. A los segundos  la puerta de doble hoja  dejó paso a todos los guardianes que se encontraba en ese momento dentro del complejo.  El primero en pasar y dirigirse a mí fue Bruce, el capitán. E imitando a Viktor unos minutos antes, me dio un fuerte abrazo.
—Me alegra conocerte al fin —me susurró al oído.
—Lo mismo digo, Bruce.
Cuando me separé de su abrazo de oso, pude admirarlo. Bruce era el veterano del grupo. Tenía la apariencia de un hombre de unos cuarenta años. Ojos azules y un espeso cabello castaño claro. Era igual de alto que Viktor, alrededor de un metro ochenta y cinco, en estado humano. De aspecto serio y responsable. Su rostro era cuadrado y bastante apuesto.  Vestía su acostumbrada camisa negra y pantalones de corte ejecutivo del mismo color.  Tras Bruce se acercó Sergey con una sonrisa deslumbrante en su masculino rostro. Vestido con unos simples vaqueros y un jersey de cuello vuelto de color blanco. Era tan alto como los demás guardianes. Moreno y con unos ojos verdes claros que perfectamente podrían pasar por lámparas de neón.  Me hacía muy feliz  sentirme tan querida dentro de ese grupo de upyr -¡menos mal!-. Serían guerreros despiadados, pero en el fondo eran buenos chicos. No eran unos gilipollas consumados, por lo menos la mayoría del tiempo.  En la mirada sincera de Sergey pude descifrar un “gracias”.  Estaba realmente agradecido que al final lo hubiera metido en vereda. Tan sólo pude devolverle un “de nada” del mismo modo. Takeshi iba tras Sergey. Vestido con un traje ceremonial negro japonés y con el acostumbrado moño en lo alto de su cabeza. Me tendió la mano para estrecharla con la mía, y con un gesto de cabeza, me saludo.  Podía sentirme satisfecha, porque el shinobi quisiera esa clase de contacto conmigo. Ryo era un upyr reservado. Había sido criado desde niño por la mafia nipona; los Yakuza, y entrenado para ser una máquina asesina. Les habían anulado los sentimientos y emociones por completo. Quizás por eso era el compañero de Kesha y su mejor amigo.  Ryo entró como guardia real de una manera que cualquiera no hubiera podido hacer. Viajó hasta San Petersburgo con una misión: Matar al zar upyr. Pero cuando iba a cumplir su cometido, se encontró que el rey estaba ya muerto y en su lugar estaba un niño de cinco años, callado e inestable. Con un poder incontrolable. Pero esa es otra historia que os contaré más adelante.
Al fondo de la habitación estaba Kesha, con los brazos cruzados  y apoyado en la pared frente a mí. Me miraba con los ojos entrecerrados. Esperaba que ya me hubiera perdonado por entregarle al amor de su vida, pero por lo visto estaba equivocada. Yo al igual que cualquier ser vivo, mi instinto de supervivencia me aconsejó que me quedara dónde estaba. Justo al lado de Viktor ¡Y ni loca pensaba moverme de allí! Kesha era el único de  todos ellos que más miedo me daba. No por lo que podía hacer, sino por lo que era capaz de hacer…Una de las razones por las que no podía tragarme era por su nombre. Sí, habéis leído bien. ¡Su nombre! Kesha es muy utilizado en el pueblo ruso para dar nombre a los loros “el Loro Kesha” Aunque es sólo un diminutivo, pues el nombre completo es: Innokentiy. Y por culpa de mi metedura de pata, Nikolai suele aprovecharse para cachondearse un poquito de él. Ya sabéis que los niños pueden llegar a ser muy crueles.  “Sip, junto a Viktor que me quedo” pensé. De todos modos, lo saludé. Tampoco quería ser descortés.
—Hola Kesha.
Un gruñido fue su respuesta. “Pues sí, ¡Me odia!” en ningún momento dejó de mirarme fijamente y la verdad es que me estaba poniendo bastante nerviosa. No me gusta que miren segundo tras segundo sin parpadear, y con ganas de querer degollarme viva. El zar notó mi cara y la de su guerrero y con una mano, me atrajo más hacia él. Y se lo agradecí. Me hizo sentirme más segura ante aquel vampiro. La tensión entre él y yo se hacía palpable en el ambiente. Todos pudieron notarlo.
 Bruce volvió a acercarse a mí y puso una mano sobre mi hombro. Cosa que no tuvo que levantar mucho el brazo, pues yo soy más bien pequeñita y más al lado de aquel upyr de casi quinientos años de edad.
—¿Qué te trae por Rusia? —preguntó Bruce.
Miré al capitán de los guardias reales mientras por el rabillo del ojo observaba atenta a Kesha.
—Pues verás, me he casado y como estaba deseando conocer San Petersburgo he  decidido, bueno, más bien convencido a mi marido para pasar parte de nuestra luna de miel aquí.
—¿Te gusta San Petersburgo? —Preguntó Sergey desde el otro lado. Estaba justo al lado de Nikolai, que me miraba con una alegría poco contenida en su rostro.
—Sí, mucho. Me ha sorprendido mucho, la verdad. Más o menos, me podía hacer una idea de cómo era, pero se ha superado. Es una ciudad con personalidad propia, llena de historia y leyendas.
Todos, menos Kesha, asintieron con la cabeza dándome la razón.
—¿Piensas quedarte mucho tiempo? —dijo Kesha con los ojos entrecerrados aún.
Le observé detenidamente. Ese upyr hacía que mi corazón bombeara demasiado deprisa, pero de terror. Si sus intenciones eran que me sintiera como una presa a punto de ser cazada, lo estaba consiguiendo. Aún así le contesté.
—Tres días más.
Una sonrisa torcida cruzó sus labios…
—¿En qué hotel te hospedas? —volvió a preguntarme con unas intenciones que no me gustaron nada de nada.
Vale, sí, me estaba sintiendo amenazada. Por un inconsciente impulso, agarré con fuerza la camisa de Viktor. ¡Sí!¡Llamadme cobarde!  Pero si estuvierais frente a un vampiro de metro noventa y nueve, de ciento cincuenta kilos de peso y su único deseo sea arrancarte la cabeza, pues…
—¡Kesha! —advirtió Viktor —Ella no tiene la culpa de lo ocurrido —intentó defenderme el zar.
—Sí,  moy zar, sí la tiene. Ella escribió la historia —contestó Kesha en un tono amenazante.
En ese momento, sentí la necesidad de salir corriendo de allí, con el zar de escolta hasta Pulkovo, por supuesto, y coger el próximo vuelo directo a casa.
—Yo también puedo coger un avión ¿recuerdas? Además el zar no estará siempre protegiéndote —me amenazó de nuevo, con una sonrisa malvada que le llegaba hasta sus ojos felinos.
No suelo ser una persona agresiva, además una de mis pocas virtudes es que soy una pacifista, pero Kesha me estaba poniendo entre la espada y la pared. Y cuando eso ocurre, mi lengua toma consciencia propia.
—Kesha, siento mucho lo ocurrido de verdad. En ningún momento quise hacerte daño, pero… espero que no vuelvas a asustarme ni a amenazarme otra vez, o te juro que cambiaré las tornas de tu historia y te convertiré en un eunuco… completo —eso sí, lo dije con toda la diplomacia que mi cuerpo me pudo permitir en ese momento.
—Ahora sé de dónde ha sacado Mandy esa lengua —escuché a Nikolai decir en susurros.
La respuesta de Kesha fue un brutal gruñido. Sus felinos ojos verdes grisáceos, pasaron al blanco y me enseñó los dientes vilmente.
—¡Kesha!¡tengamos la fiesta en paz! —gruño el  zar, anteponiéndose en medio de los dos.
El upyr, descendiente de una de las familias nobles  más importantes de San Petersburgo. Sí, Kesha es descendiente de los Yusupov. Conoceréis a esta familia de antes porque uno de ellos fue quién acabó con el famoso Rasputín, el príncipe Félix Yusupov. Pero como con Takashi, es una historia que os contaré más adelante.
 Éste abandonó el despacho sin dejar de mirarme, pero antes hizo un gesto que no me gustó nada de nada. Con sus dedos corazón e índice se señaló sus ojos y después los míos, para volver de nuevo a sí mismo, al mismo tiempo que gesticulaba “Te estoy vigilando”. Tragué con fuerza ¿A qué  hora saldría el siguiente avión hacia España?   
Nikolai estaba justo a mi lado. Se había acercado sin percatarme de nada. Típico de él caminar como un felino silencioso. Pero sólo cuando él lo quería así.  Bajó la cabeza hasta mi odio y susurró:
—Vaya, vaya ¡menuda has liado!
Levanté el rostro para mirar a ese payaso. No me hacía ninguna gracia que Kesha me la tuviera jurada ¡¡Ninguna!!
—¡Bah!¡tranquila! en el fondo es inofensivo —dijo Nikolai intentando que quitara mi cara de susto.
Con un dedo le indiqué que volviera a bajar la cabeza de nuevo, y así lo hizo.
—¿Inofensivo?¿Quieres que le cuente tu último paseíto con su Yamaha? —le contesté en susurros, esperando que nadie me oyera a excepción de él, pero el tiro me salió por la culata.
Todos en la habitación nos miraron entre curiosos y divertidos. Nadie allí sabía nada de la última trastada de Niko, excepto el zar. Incluso Takeshi, que estaba apoyado en la pared, al igual que Kesha unos segundos antes, se alejó de ella curioso a nuestras palabras.
—Niko ¿qué es eso de tu último paseíto en la moto de Kesha? —preguntó Sergey muy divertido.
Yo me tapé la boca con ambas manos ¡menuda bocazas estoy hecha! Viktor se sentó en la silla más próxima y se puso a restregarse los ojos con una mano mientras suspiraba de puro cansancio. Bruce apoyó ambas manos a la altura de sus cadera y con una mirada cargada de “¿Qué has hecho ahora?” observó a Nikolai muy atento. Sergey paseaba sus ojos entre Nikolai y yo, esperando que saliera alguna palabra de nuestros labios. Al igual que Ryo. Al comprobar que Niko no decía ni “mu” todos los pares de ojos se quedaron fijos en mi persona.
—¡Ah, no! ¡eso sí que no, panda de curiosos! Ese secreto me lo llevo a la tumba —dije en un intento de que me dejaran tranquila. Bastante había echo ya con irme de la lengua.
—Ryo, no le cuentes nada a Kesha —suplicó Nikolai.
—¿Y por qué no? —contestó Takeshi, divertido.
—Pues… ¡Por qué no! —esperó unos segundos, rezando que Ryo le dijera que tranquilo, que no pensaba decirle nada a su compañero y mejor amigo. Pero esas palabras no salieron de sus labios —¿Piensas contárselo, verdad?
Takeshi afirmó con la cabeza.
—¡Mierda!¡Mierda!¡Mierda! —despotricó Niko mientras salía del despacho con paso decidido.
—¿Dónde vas, Nikolai? —quiso saber Sergey con una sonrisa de oreja a oreja. Esa situación le estaba divirtiendo mucho.
—A comprar cerrojos y candados para la puerta de mi habitación y a mirar si quedan bombas somníferas en el gimnasio.
            —Estamos sin existencias de bombas somníferas. Iba a fabricar más ahora mismo, pero visto lo visto, esperaré un par de semanas —confesó Ryo.
            Nikolai salió de la habitación con cara de terror y más ahora que sabía que sus compañeros no iban a apoyarlo ante Kesha.  A los segundo de haber desaparecido por la puerta del despacho otro ¡mierda! llegó hasta nosotros. ¡Menuda había liado en un momento! Con razón la frase que siempre me ha repetido mi madre ha sido: “Hija, hablas poco, pero cuando lo haces ¡sube el pan!”. Me sentía culpable de haber puesto a Nikolai en esa situación. Pero una cosa tenía clara. Cuando Kesha descubriera los jueguecitos de su compañero con su amada Yamaha como soporte, yo no quería estar cerca del complejo. Y sí podía ser, dentro de la federación rusa. Seguro que también me echaba a mí la culpa. Y algo me decía que el descendiente Yusupov no iba a tardar en enterrarse de aquello.
Bueno, creo que había llegado el momento de abandonar el complejo. Pero ¡ya!
—Chicos, me alegro mucho de haberos conocido a casi todos en carne y hueso, pero creo que ya ha llegado el momento de despedirme —dije a todos en general.
—No puedes irte, SD. Aún no —me dijo Sergey.
—¿Por qué no?
—Aún tienes que contarnos lo de Nikolai.
—¡Eso, eso!¡Qué lo cuente! —dijo Bruce y Ryo al unísono.
Miré a Viktor en busca de ayuda y gracias a Dios que interpretó bien la súplica en mis ojos. Con un ágil movimiento se levantó de la silla. Apoyó una de sus grandes manos bajo mi espalda y me instó a andar junto a él. Pero antes dejó claro a todos los presentes que ya se acabó, que me dejaran tranquila.
Ambos salimos al amplio corredor. Los tres guardias reales que quedaron dentro se pusieron a hablar entre ellos. Sus voces llegaban hasta nosotros dos.
—¿Nikolai ha cogido de nuevo la moto de Kesha? —escuché que preguntaba Sergey.
—¡Kesha lo va a destripar vivo! —dijo Ryo con una carcajada.
—Nikolai, Nikolai ¡siempre es el mismo! —oí a Bruce.
Después de unos segundos sus voces se perdían en la lejanía. No podía dejar de sentirme culpable ¡pobre Nikolai!¡en menudo lio lo he metido! y nada más y nada menos que con Kesha.  Miré al upyr que andaba a mi lado. Seguro que también se sentiría ofendido por no haber guardado silencio.
—Lo siento —le dije a Viktor.
—¿Qué sientes?
—No tendría que haber dicho nada.
Una sonrisa deslumbrante cruzó su cara.
—Tranquila. Están siempre igual. Kesha debería estar ya acostumbrado.
—Pero… Nikolai.
—No te preocupes. Lo tiene bien merecido.
—¿Vas a contarle toda la historia? —pregunté curiosa.
—Nop… Lo que ocurrió es entre Niko y yo. Pero con sólo las conjeturas que habrán sacado los demás, Kesha tendrá más que suficiente para vengarse. Además si se entera de… toda la historia, tan sólo perjudicaría más la situación. Prefiero mantenerme al margen hasta que no se sobrepase la línea de las putaditas entre compañeros a una verdadera guerra.
Seguimos caminando en silencio. Viktor era admirable, pues después de ser el más pequeño del grupo, el niño mimado de los guardias reales, en la mayoría de las ocasiones  demostraba ser un pilar demasiado importante para ellos. Y no sólo en el sentido de zar, sino en la relación entre compañeros. Él era quién mantenía la paz y conseguía que todos siguieran juntos a pesar de las pequeñas putaditas entre compañeros.
—¿Dónde has dejado a tu marido? —me preguntó de pronto el zar.
—Arriba, en el museo. En la sala de sala de San Jorge.
—Bien… Por aquí.
Cruzamos a la derecha a otro pasillo igual de vestido que el que dejamos atrás.
—¿Por este pasillo se llega hasta la plaza de palacio? —quise saber.
—No. Este pasillo lleva hasta los aposentos de los zares en el palacio de invierno.
—Pero, alguien dentro del museo podría vernos, ¿No?
—No. Esas salas están cerradas al público. Además, veo que no te has dado cuenta antes, pero la mayoría de los guardias de seguridad que trabajan para el Hermitage, son upyrs.
Me quedé parada en medio del pasillo, con la boca abierta y mi mejor expresión de: ¡¿Qué dices?!
—Cuando salgas al museo fíjate bien en ellos. ¿Sabes cómo reconocernos, verdad?
Moví mi cabeza en señal de afirmación. Seguimos caminado hasta dar con una puerta de hierro, que al igual que la puerta de acceso desde el garaje, tenía un panel de códigos y un lector de tarjetas. Viktor pasó su tarjeta por el lector y cuando iba a marcar el código en el teclado numérico, escuchamos voces de niños y unos pasos tras nosotros. Por el pasillo se acercaba Miranda cogiendo de la mano a una niña pequeña, rubia y con unos grandes ojos grises. Olga. La gran duquesa. Y justo delante de ellas dos, un niño corría en nuestra dirección, con los brazos elevados y gritando: ¡Papá!¡Papá! Por supuesto, se trataba del zarévich y futuro zar de todos los upyrs; Edyk. El titulo de zarévich sólo se le puede atribuir al primogénito de los zares reinantes  y su traducción sería algo como “hijo del zar”.
El pequeño era igual a Viktor. Castaño, con unos grandes ojos azules y carita de niño bueno. Aunque algo me decía que el pequeño zarévich de bueno tenía más bien poco. En sus ojos se podía distinguir una vena traviesilla que  estaba segura que estaría volviendo locos a sus padres.
Viktor se alejó de mí en dirección a su familia. Tomó a Edyk en sus brazos y cuando estuvo a la misma altura que su esposa e hija, cogió de la cintura a Miranda y la atrajo hacia él posesivamente. Bajó la cabeza hasta ella y sin importarle un comino quién hubiéramos delante, besó a su mujer como si fuera la última vez que la iba a ver. Olga los miraba soñadora desde abajo. En cambio Edyk, desde los brazos de su padre, torcía la cabeza con una muesca de asco y gesticulando: ¡Puaj!
Me resultó curioso cómo después de conocer la historia de ambos, habían llegado a amarse tanto. Tanto para Miranda como para Viktor había sido un flechazo en condiciones. Y el amor que se profesaban era intenso. Un amor adolescente que tanto uno como el otro eran capaces de todo por su pareja. Y sinceramente, para mí, algo muy bonito. Cuando se separaron, estuvieron mirándose fijamente con los ojos iluminados. Hablaban en susurros y desde mi posición no podía escucharlos bien, tan sólo los murmullos, algo que tampoco me importo mucho. Aunque una simple frase sí cruzó mi onda acústica: Ya tebya lyublyu. El zar bajó al pequeño zarévich hasta el suelo, pero el pequeño, a sabiendas de las verdaderas intenciones de su padre -irse sin él- se abrazó a su pierna con fuerza.
—¿Qué haces, Ed? —preguntó Viktor a su hijo, mirándolo a los ojos.
—¡Quiero irme contigo , papi!
Miranda se agachó hasta estar a la misma altura que el zarévich. El niño agarraba la pierna de su padre como si su vida dependiera de ello, al mismo tiempo que cerraba los ojos con fuerza.
—No puedes irte con papá. Mejor quédate con tu hermana y conmigo.
—¡No! –gritó el niño.
—Eeedyyyk —le regañó Miranda.
—¡No!
Entonces ocurrió algo que no me hubiera esperado. La gran duquesa se soltó de la mano de su madre y se dirigió hacia  su mellizo muy decidida.
—Ed, quédate con mamá y conmigo ¿Sabes? Nikolai me ha prometido que nos enseñará a jugar al Call of Duty —en ese momento  Edyk abrió los ojos abruptamente. Le interesaba lo que su hermana le estaba contando —¿Quieres? —una cegadora y mellada sonrisa apareció en el rostro de la pequeña gran duquesa.
El zarévich levantó los ojos hasta su padre y de nuevo hasta su hermana. ¿Se lo estaba pensando? Sólo pude soltar una carcajada silenciosa. Olga me demostró que para lo pequeña que era tenía un  gran poder de persuasión. Pero en ese momento no le sirvió de mucho, pues Edyk volvió a cerrar los ojos con fuerza y gritar:
—¡No!
—¡Es imposible! —se quejó Miranda.
—Tranquila, nena. Que venga conmigo.
—¿Pero…?
—No pasa nada. Además no creo que tarde. Tan sólo voy acompañarla —y me señaló a mí —a palacio y bajo de nuevo.
—De acuerdo. Por otra parte tampoco puedo culpadle por querer estar pegado a ti como una lapa —reconoció la zarina con coquetería.
Un ronroneo erótico salió de la garganta del zar. Me podía hace una idea de lo que iban a hacer aquellos dos cuando estuvieran libres de niños  y obligaciones. ¡Pues sí!¡¡Creo que sí!!
—Te quiero, nena —dijo Viktor mientras bajaba la cabeza para darle un casto beso en los labios a su zarina.
—Y yo a ti, moy zar.
Después de las confesiones amorosas, Viktor se puso en la misma altura que la gran duquesa y le dio un pequeño beso en la punta de la pequeña nariz de Olga.
—Ahora nos vemos, ratoncita.
—Adiós, papi.
Viktor dejó a Miranda y Olga tras él y caminó hacia mí con Edyk cogidos de la mano. El niño me miraba con los ojos entrecerrados. No tenía ni idea de quién era yo ni qué hacía allí junto a su héroe. El zar marcó un código en el panel numérico y pasó su tarjeta por la rendija correspondiente. A los segundos, la puerta de hierro se abrió dándonos paso a una escalera que nos llevaban a las salas privadas del palacio de Invierno.
La habitación, sin mobiliario alguno y de estilo barroco estaba iluminada por los grandes ventanales que cubrían casi toda la totalidad de una pared. Suelos de parquet cuidadosamente protegidos y techos altos, con molduras de escayola y pan de oro. Era digno de la realeza rusa. Cuando abandonamos esa sala, llegamos hasta un corredor largo y espacioso. En las paredes había cuadros de todos los miembros Romanov. Desde Petro I, o más conocido como Pedro el Grande, fundador de San Petersburgo, hasta el último emperador ruso, Nikolai II. Allí nos mezclamos con los diferentes turistas que, como yo, visitábamos palacio curiosos de conocer un poquito más de esa gran historia rusa. Caminamos en silencio hasta que el zarévich decidió romperlo con algo que me hizo sudar la gota gorda.
—Papi ¿sabes una cosa? Olga me ha dicho esta mañana, que cuando sea mayor se va a casar con Nikolai.
Viktor se paró en seco. Completamente desencajado con la noticia. La cara se le puso roja de la furia y una risa nerviosa salió de su garganta. Miré curiosa al zar y Edyk hizo lo mismo, pero con admiración y complicidad.
—No creo que eso ocurra jamás, hijo —Viktor me miró directamente a mí. Había amenaza en sus ojos. ¡Vaya!¡Bien empezamos! —¿Verdad?
Yo sólo pude transmitirle una sonrisa inocente.
—¡Noooo! Descuida Viktor ¡Jamás de los jamases! —dije.
En menudo lío me metería si en algún momento decidía juntar a aquella pareja. Pobre Nikolai ¡y pobre de mí! Bastante tenía con vivir con temor por culpa de Kesha. Lo último que necesitaba era también la ira del zar. Aunque reconozco que la idea era… ¡Interesante! Pero, por supuesto, callé. Viktor no tendría que saber qué me parecía aquello. Sobre todo por mi propia salud.
Al fin llegamos  a la sala de San Jorge. Tanto Diego como Anastasia estaban en el mismo sitio dónde los había dejado antes de darme a la fuga con Nikolai. Anna haciendo su trabajo y mi marido con la misma cara de: Sí, hago cómo que te escucho, pero en realidad no tengo ni idea de qué estás hablando. Muy típico de él.
—Muchas gracias por todo, Viktor. Me ha encantado conoceros a todos, aunque me ha faltado Valik —dije con pena.
—Val no estaba en el complejo porque le he dado unos días libres —volvió a darme un abrazo —Recuerda que puedes visitarnos cada vez que quieras. Mi hogar es tu hogar. Además, voy a hacer una cosa. Creo que tengo tu dirección en los archivos. Te mandaré a casa una tarjeta de identificación para que puedas entrar y salir del complejo como te plazca cada vez que vengas a Rusia.
Por supuesto sonreí como una tonta. Hasta que me percaté de un pequeñísimo detalle ¿cómo que tenía mi dirección en los archivos? Si Viktor sabía exactamente dónde encontrarme, también lo sabrían los demás guardias reales, contando con Kesha. ¡Mierda! El zar pudo leer mi expresión por que dijo:
—No te preocupes por Kesha. Tiene la mala costumbre de asustar más que de actuar. No te hará nada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque sabe que para hacerte daño, antes tiene que pasar por encima de mí. Y te puedo asegurar que no cruzará esa barrera.
Sí, le creía, pero aún así no me quedé muy tranquila. Debería hacerme a la idea que la relación entre ese guardia real y yo no iba a cambiar nunca. Daba igual lo que hiciera por él, que siempre iba a estar en su punto de mira y tendría que vivir con ello.
—De nuevo gracias Viktor, por todo.
—Gracias a ti. Cuídate mucho y espero verte de nuevo.
—Igualmente, moy zar.
Me agaché para estar a la misma altura que Edyk.
—Adiós, moy zarévich
—Adiós, señora.
Me alejé de ellos en dirección a la guía turística y a mi marido. En medio del camino, miré hacia atrás por encima de mi hombro. Viktor y Edyk habían desaparecido como fantasmas y me hizo preguntarme cuantas personas dentro del museo sabrían de la existencia de aquellos seres. Unos upyrs, o vampiros, como queráis llamarlos, que vivían en los sótanos de uno de los museos más grandes del mundo, y protegían a la raza humana, noche tras noche, de los renegados.
Llegué al lado de Diego, feliz de ser una de ese pequeño grupo que sabían de su existencia.
—Perdón, perdón, perdón. Siento haber desaparecido de ese modo sin decir nada—dije a mi marido esperando que en cualquier momento me echaría la bronca del siglo.
Él me miró confuso.
—Pero ¿por qué te disculpas?¿y cómo que has desaparecido? Cariño, llevas toda la mañana ahí parada tomando notas.
¡¿Qué?! ¿Qué intentaba decirme?¿Qué sólo había sido uno de mis sueños tontos? ¡Vaya! Al final iba a llevar razón Diego y mi obsesión por los vampiros estaban rozando la locura, pero ¡había sido tan real! Mmm ¿Síntoma de esquizofrenia? Vale, me estaba pasando bastante conmigo misma. Pero…
—¿Estás seguro? —pregunté con un poquito de esperanza.
—¿Si estoy seguro de qué?
—De que he estado parada ahí toda la mañana
Ahora él me miraba con los ojos entrecerrados y afirmaba con la cabeza. Resoplé desilusionada. Y me introduje en mi propia miseria de una forma que no me di cuenta antes que Anastasia estaba justo a mi lado y me estaba preguntando algo.
—Perdona Ana, pero ¿qué decías?
—¿Qué si prefieres pasar a la sala de arte italiano o vamos primero a las habitaciones privadas de Catalina la Grande?
—¡Las habitaciones privadas de Catalina, por supuesto! —dije emocionada y dejando atrás mi desilusión.
El Hermitage es uno de los museos más grandes del mundo. En él, los diferentes zares y zarinas desde Catalina la Grande han ido recogiendo una gran colección de arte, tanto cuadros como esculturas, que pasaron de ser una colección privada a pública después de la revolución bolchevique. Sí, todo eso es muy interesante, pero mi verdadero interés estaba en conocer las diferentes habitaciones que componían el Palacio de Invierno, dónde la dinastía Romanov había vivido durante siglos. Y por supuesto que prefería ver antes la sala privada de una de las adulteras más famosas de la historia.
—¡Sabía que me dirías eso! —me dijo Anastasia —¿Has investigado un poco de todo lo que se expone en esa sala? —negué con la cabeza —Entonces ¿no sabes nada del reloj? —volví a negar —Es un inmenso reloj bañado en oro y bastante peculiar. Fue regalo de uno de los amantes de Ekaterina; el conde Patemkin ¡Vamos! Te lo enseñaré. En la actualidad no funciona, pero junto a él hay un video explicativo que nos enseña que ocurre cada vez que da la hora exacta.
Seguimos caminado por los anchos pasillos y adentrándonos de una sala a otra. Cualquiera que no conociera el museo podría perderse con una facilidad impresionante. “Esto no es un museo ¡Es un laberinto!” me dije a mí misma. Pero también había algo que no podía sacarme de la cabeza ¿De verdad no había conocido a mis guardias reales? ¿No había ocurrido? Aquello me apenó un poquito. Bueno, vale ¡Bastante! No me gustaría que mis ensoñaciones sobrepasaran la delgada línea de la realidad. Y estaba claro que eso era lo que había ocurrido esa mañana. La verdad es que estaba disfrutando mucho de esa visita a tierras rusas pero tengo que reconocer que llegar de nuevo a casa sabiendo que mis personajes vivían, sería grandioso ¿verdad? pero ¿qué se le iba a hacer? Debería tener claro que S.D. Rice se había quedado en la frontera española y ahora sólo estaba una mujer normal y corriente disfrutando de su luna de miel con su Perfect boy.
—¿Qué ha pasado antes? —me preguntó mi marido en susurros.
—¿Qué ha pasado?
—Antes te has disculpado por haberte largado de aquí sin decir nada.
—¡Ah!¡Eso! Nada. No ha pasado nada —¿qué queréis que le diga?¿qué me estaba volviendo majareta del todo? —Cariño, sabes que cuanto menos caso me hagas, mejor. Estoy algo confundida —dije en susurros, esperando que esa última frase no la escuchara, pero como de costumbre, no funcionó.
—¿Confundida?¿San Petersburgo te confunde como Dinio la noche? —me preguntó Diego con una mueca de cachondeo en su tono.
—¡Anda, mira que gracioso! —contesté con sarcasmo.
—¡Siempre! —fue su respuesta con una sonrisa en sus labios.
Cuando llegamos hasta la sala privada de Ekaterina II, fuimos directos al reloj. Era majestuoso y sí, bastante peculiar. El regalo del conde Patemkin se componía de una gran jaula. En su interior había un gran pavo real -que daba nombre al reloj- sobre un árbol. Bajo él un gallo, un búho dentro de otra jaula y una ardilla sobre una de las ramas del árbol. Todo se ponía en movimiento cuando daba la hora exacta. Curiosa me acerqué al video explicativo. Junto a la pantalla de televisión de unas veintidós pulgadas, más o menos,  un guardia de seguridad controlaba a todos los turistas que no tocaran nada y que no sobrepasaran la cuerda de seguridad que rodeaba la obra de arte. El ruso, de un metro ochenta pude calcular, se mantenía recto en su puesto y con una seria mirada nos vigilaba a todos, hasta que sus ojos se posaron en los míos. Consiguió que me sintiera algo incomoda. Sus ojos grises me miraban sin darme tregua “¿Pero qué le pasa a éste?” me pregunté a mí misma. Intentando salir de su escrutinio cambié de sitio y me dirigí hasta el otro lado del reloj. Seguía sin quitarme la vista de encima. Decidí seguirle el juego  y comencé yo también a intentar incomodarlo con mi escrutinio. Después de unos segundos, en su rostro se dibujó una torcida sonrisa y me mostró algo que me dejó más confundida aún. Unos destellos blancos aparecieron intermitentes en sus pequeños y rasgados ojos grises ¡Vaya!¿Pero qué leches había sido eso? Literalmente la mandíbula se me desencajó. Para todo el que pasaba por mí alrededor y me miraba con cara rara, estoy segura de qué estarían pensando: ¡españoles! Pues mi cara sería todo un poema, y de Quevedo ni más ni menos. Así me lo confirmó el ruso - ahora descubierto upyr ¿O no?- cuando satisfecho consigo mismo, soltó  una carcajada en mi cara.
—Tienes la misma cara que los dibujos manga que tanto te gustan ahora mismo —dijo mi marido cuando se acercó a mí con Anastasia pisándole los talones —¿Sigues confundida como Dinio? ¡Anda!¡Vamos y cierra la boca!
Cuando la guía llegó hasta nosotros me dirigió una mirada de: No te detengas más.
            —¿Sabes que por el Hermitage corre una leyenda? —comenzó a decir Ana. La palabra “leyenda” captó toda mi atención. Vale, os miento, casi toda mi atención. No podía dejar de mirar de reojo al guardia de seguridad que seguía incomodándome con el jueguecito de cambio de colores en sus ojos —Hace años —continuó Anastasia —Una turista norteamericana se despistó unos segundos de su grupo y aún a día de hoy, siguen sin saber nada de ella.
            Menuda manera tenía de decirme que no me detuviera más y que estuviera atenta a ellos dos. Pero creo que cualquiera en su sano juicio lo hubiera hecho ¿no? Hombre, también cabía la posibilidad que yo no estuviera en mi sano juicio que todo hay que decirlo. Salimos de ésta sala para seguir hacia otra nueva. Se suponía que no había desaparecido antes ¿verdad? Entonces ¿qué leches había sido lo del bicho raro del de seguridad? ¡Y una porra! Aún no había perdido la chaveta lo suficiente, seguro.
            —Anastasia ¿nos recomiendas algún sitio dónde se pueda comer comida típica rusa? —escuché a mi marido preguntarle a Ana.
            —Sí, pero tenemos que ir hasta la mitad de la Avenida Nevski. Allí hay un restaurante en el que sólo vamos los rusos. Un restaurante familiar. No es caro, pero tiene una pequeña pega. Los camareros sólo hablan ruso —fue su respuesta.
            Eso a nosotros poco nos importaba. Tampoco nosotros hablamos otro idioma que no sea el español, pero como mi marido siempre ha dicho: Siempre nos queda el idioma universal del dedo. Era tan sencillo como abrir la carta y señalar, con un dedo, lo que quieres. Nosotros dos somos así de sencillos. No nos complicamos la vida y nos amoldamos a las diferentes situaciones como los camaleones. Más él que yo, la verdad.
            Terminamos de recorrer las diferentes salas que aún quedaban en nuestro itinerario y salimos de Palacio con intención de llegar a ese restaurante. Por suerte, ella se quedó a comer con nosotros y el trato con los camareros, fue más sencillo aún.
            Cuando ya eran cerca de las cinco de la tarde, tanto Diego como yo estábamos agotados. Yo estaba deseando llegar al hotel, darme una ducha y hacerle el salto del ángel a la cama. Dormir un poco y más tarde dar una última vuelta por los alrededores del hotel. Y así fue. Cuando llegamos a nuestra habitación, me acerqué a la cama para poder caer, con los brazos abiertos sobre el mullido y cómodo colchón de matrimonio de dos por dos. Diego se metió en el baño para darse una ducha, pero a los segundos salió de nuevo con los ojos entrecerrados y una mirada de incógnita.
            —Oye, una cosa. No he querido preguntarte antes delante de Anastasia, pero ¿quién era ese tipo con el que hablabas en el Hermitage?
            Al escuchar eso, levanté la cabeza de golpe. Mi puso de lado para poder mirarle a la cara.
            —¿Qué tipo?
            —¡Síii! Ese hombre rubio y alto, muy alto. Hablabas con él como si le conocieras de toda la vida.
            ¡Tomaaaa!¿Quién está majareta ahora? Ehh ¿Quién? De todos modos, antes de precipitarme a sacar conclusiones erróneas sobre mi salud mental, preferí constatar los hechos.
            —¿Alto, rubio, de ojos negros, muy, muy guapo y con un cuerpo de infarto? —pregunté con una mirada de ilusión que no pasó desapercibida para mi marido.
            —Sí, el mismo —no le había gustado nada ni mi descripción ni mi cara de boba.
            Me quedé con la mirada perdida. Entonces ¡Todo había sido real y no una jugarreta de mi endemoniada imaginación! Sin poder contenerme por la alegría me puse a dar saltos de alegría y al mismo tiempo palmadas. Pues sí, le estaba demostrando a mi marido que se había casado con una psicópata, pero ¿Qué le vamos a hacer? Que se lo hubiera pensado antes ¿no? De pronto me quedé quieta y con una alegre sonrisa en los labios le dije:
            —Nikolai
            —¿Nikolai? —ahora el confundido era él.
            Cuando iba a contestarle un toc, toc en la puerta de nuestra habitación nos interrumpió.
            —¿Esperas a alguien? —me preguntó.
            —No ¿y tú?
            Con un gesto de cabeza me contestó que no.
            —Voy a ver quién es —informe al mismo tiempo que me levantaba de la cama.
            Al abrir la puerta me encontré con un empleado del hotel. En sus manos llevaba un sobre blanco que me dio al verme  al mismo tiempo que decía:
            —Señora, en recepción han dejado esto para usted —por supuesto esto lo dijo en inglés, pero fue lo que más o menos entendí en mi bajo nivel de ese idioma.
            Cogí el sobre misterioso y me dirigí hasta mi monedero para coger unos cuantos rublos para el muchacho.
            —Thanks! —dije  antes de cerrar la puerta.
            Algo confusa me dirigí de nuevo hasta la cama. Me senté en la orilla del colchón impaciente por ver lo que escondía el interior. Diego se sentó justo a mi lado, también bastante curioso. Rompí por un lateral y vacié el contenido sobre el cobertor. Cayó una tarjeta negra con un símbolo que conocía bastante bien. Una Sai con dos alas de águila en rojo. Era el escudo imperial de la familia upyr Romanov. La familia de Viktor.
            —¿Una tarjeta? —Diego la cogió y la observó. Cuando vio el símbolo levantó la vista hacia mí —¿Este símbolo no es… ?
            —Sí… el mismo.
            —¿Pero…?
            No le contesté. Estaba demasiado impaciente y nerviosa en ese momento para hacerlo. Quería saber qué más se escondía en ese sobre. ¡Había una carta! Ansiosa me puse a leerla.



             Querida SD.

Primero quisiera pedirte perdón por no haberte dicho nada antes cuando nos hemos encontrado en el complejo. Pero el despistado de mi marido no me ha contado nada hasta que no ha vuelto con Edyk.
Me alegro mucho de haberte conocido al fin aunque me hubiera gustado poder hablar un poquito contigo y que hubieras pasado más tiempo en nuestro hogar junto a nosotros.  Junto a esta carta te mando la tarjeta de identificación para      que puedas entrar en los sótanos secretos del Hermitage cada vez que quieras. El código lo tienes bajo el símbolo. Sé que Viktor te ha dicho que te la mandaría a casa pero he preferido cambiar sus planes y hacértela llegar a tu hotel, con la esperanza que antes de que abandones San Petersburgo nos hagas una visita y así podrás conocer a los demás habitantes del complejo.
Recuerda que “la cueva de los Guardias Reales” es tu casa y que estaremos encantados de tenerte de nuevo aquí.
                                              
                                                                                  Atentamente:
                                                                       Miranda Dmitrievna Korkova


La carta estaba escrita por el puño y letra de Miranda. Volví a leerla de nuevo unas cuantas veces más, pero aún no terminaba de creérmelo. La verdad es que era más fácil creer que me estaba volviendo loca a saber que tus personajes existen en la realidad. Una gran alegría contaminó mi corazón ¡Menuda luna de miel! La mejor que una pobre aprendiz de escritora como yo puede esperar.
—Bueno ¿me vas a contar que leches ha pasado? Cariño, me tienes en ascuas. Primero el tal Nikolai y ahora esto.
Suspiré varias veces antes de adentrarme en todo lo sucedido y así poder contarle, con pelos y señales al hombre de mi vida todo lo ocurrido en el Hermitage. Y eso hice. Por cada palabra que mis labios iban pronunciando, él más abría los ojos sorprendido. Y yo me sentía como la escritora más feliz del mundo mundial.




                                                                     Fin       
      
           
            

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